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El cerebro, una fábrica de ilusiones

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Dvd 1006 19/6/20 Banco de Cerebros de la Fundación Hospital de Alcorcón. KIKE PARA.

Por Ignacio Morgado Bernal

Deténgase un momento a pensar en cualquier cosa y a continuación piense que está pensando. Razone sobre ello. ¿No le resulta sorprendente poder hacerlo? No solo pensamos, también pensamos que pensamos. Se llama autoconsciencia y es la más sublime y poderosa capacidad de la mente humana. No creemos que la tenga ningún animal inferior a nosotros. Pero, vayamos más lejos. ¿Dónde están sus pensamientos? ¿En su cabeza? ¿En su cerebro? Quizá lo crea, pero no es cierto, porque, en realidad, los pensamientos no están en ninguna parte. Es decir, no son un producto, algo que pueda estar aquí o allí, resituarse o llevarse de un lado a otro, como una silla o un automóvil. Los pensamientos son estados mentales conscientes que tenemos cuando funciona el cerebro. Una metáfora puede ayudar a entenderlo: el movimiento no es un producto o algo que la rueda va dejando caer por el camino, sino un estado de la rueda cuando hace su trabajo. Creer que la mente y sus pensamientos son un producto del cerebro es un modo erróneo de entender su naturaleza.

Pero vayamos aún más lejos. ¿Por qué tenemos la impresión de que nuestros pensamientos están aferrados a nosotros sin poder abandonarnos? ¿Por qué no podemos echar una carrerilla para dejar atrás nuestros pensamientos hasta que nuevamente nos alcancen? Precisamente por lo que acabamos de decir, porque los pensamientos no son algo, no son una cosa que podamos dejar por el camino. Son un estado mental que va con nosotros a todas partes, a donde quiera que vayamos. Toda persona lo ha sentido siempre así, incluso nuestros más sabios antepasados, como el gran filósofo griego Aristóteles, aunque él no relacionaba ese estado con el cerebro, sino con el corazón, un órgano que, con sus latidos, siempre se muestra más presente que cualquier otro del cuerpo. El descubrimiento de que el cerebro es el órgano de la mente y los pensamientos vino mucho más tarde, salvo para unos pocos lúcidos pensadores, como el médico también griego Hipócrates, uno de los primeros en darse cuenta de ello.

¿Por qué tenemos la impresión de que nuestros pensamientos están aferrados a nosotros sin poder abandonarnos? ¿Por qué no podemos echar una carrerilla para dejar atrás nuestros pensamientos?

Y ahora, lo más fascinante, porque la sensación de que los pensamientos van con nosotros, es decir, están siempre en los límites físicos de nuestro cuerpo y nunca fuera de él, es, en realidad, una ilusión, la más grande que crea el cerebro. Lo saben muy bien quienes alguna vez han tomado una droga alucinógena y han comprobado cómo la mente puede deambular por la habitación en que se encuentran mientras su cuerpo permanece tumbado lejos de ella. Afortunadamente, eso no pasa sin tomar drogas porque el cerebro crea continuamente la ilusión de que la mente siempre acompaña al cuerpo facilitando así el que nos movamos con eficacia para conseguir propósitos en lugar de hacernos sentir que vivimos fuera de nosotros mismos, lo que parecería una locura.

Ciertamente, el cerebro, sin que nos demos cuenta, es una gran fábrica de ilusiones, hasta el punto de que no es descabellado decir que sentimos el mundo de un modo más virtual que real. Tenemos la impresión de que son los ojos quienes ven, los oídos quienes oyen, la nariz quien huele, pero todo eso tampoco es verdad. Es nuestro cerebro quien lo hace, y nada mejor que el sentido del tacto para verlo con claridad: la mano siente el tacto y la temperatura de lo que toca, pero no es la mano, sino el cerebro, quien siente ese tacto, como podemos deducir del fenómeno del miembro fantasma en la persona que sigue sintiendo el tacto, el dolor o la temperatura en la mano que ya no tiene porque le fue amputada para evitar la gangrena. Es algo que nos fascina, porque ni siquiera hoy podemos explicar cómo el cerebro se las arregla para que sintamos en la mano u otra parte del cuerpo lo que solo él es capaz de sentir.

¿Nos engaña entonces el cerebro? Esta repetida pregunta es muy tramposa. Para comprobarlo, repliquemos con otra: ¿A quién engaña el cerebro? ¿al cuerpo vacío de él? ¿Eso somos, un cuerpo vacío sin cerebro? ¿Podría yo sostener mi cerebro en la mano y acusarle de que me está engañando como si yo fuera algo diferente de él? Ciertamente, no. El cerebro no me engaña porque yo soy, por encima de todo, mi cerebro y la mente que ese cerebro crea. Si un día fuera posible trasplantar el cerebro de una persona a otra lo que en realidad estaríamos haciendo no es un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo: a un cerebro le estaríamos quitando el cuerpo al que pertenece para ponerle el de otra persona. Si el cerebro con sus ilusiones engaña a alguien no es a otro que a sí mismo. La evolución y la selección natural lo han configurado de ese modo y lo han convertido en el órgano más inteligente que conocemos. El filósofo francés René Descartes tenía razón cuando dijo “pienso luego existo”, pues sería imposible saber que existimos si el cerebro no nos proporcionara la capacidad de pensar, de tener una mente consciente.

Ignacio Morgado Bernal es catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia y en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Fuente: El País

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